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El ganador del Premio Nobel de Economía, Paul Krugman, se ha convertido hoy en una de las voces más influyentes sobre la crisis financiera y las acciones que hacen falta para combatirla. Aquí resalta tres prejuicios convencionales que los políticos y economistas oficiales necesitan superar para salir de la espiral descendente.
Uno… es el miedo a la tinta roja. En tiempos de tranquilidad, es bueno preocuparse por el déficit presupuestario – y la responsabilidad fiscal es una virtud que se necesita volver a aprender tan pronto como termine la crisis. Sin embargo, cuando la depresión económica prevalece, esta virtud se convierte en un vicio. El intento prematuro de la Reserva Federal para balancear el presupuesto en 1937 estuvo cerca de destruir el New Deal.
Otro prejuicio es la creencia en que la política debe moverse cautelosamente. Esto tiene sentido en tiempos normales: uno no debería hacer grandes cambios… hasta que esté claro que son necesarios. En las condiciones actuales la cautela es riesgosa, porque… cualquier retraso en tomar acciones aumenta la posibilidad de mayores desastres económicos. La respuesta política debe ser tan bien elaborada como sea posible, pero el tiempo es esencial.
Y finalmente… la modestia y la prudencia en los objetivos de las políticas es algo bueno en tiempos normales. Pero en estas condiciones, sin embargo, es mucho mejor equivocarse por haber hecho demasiado… el riesgo, si el plan de estímulo resulta excesivo es que la economía se puede recalentar provocando inflación – aunque la Reserva Federal puede desactivar esa amenaza aumentando las tasas de interés. Por otro lado, si el plan de estímulo es demasiado chico, no hay nada que la Reserva Federal pueda hacer para compensar el déficit. Por lo tanto, cuando la depresión económica está ocurre, la prudencia es una locura.
Fuente: Depression Economics Returns, by Paul Krugman, Commentary, NY Times
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