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La crisis se define como “un estado temporal de trastorno y desorganización que se caracteriza por la incapacidad de las personas para manejar situaciones particulares con los métodos acostumbrados”.
Es decir, las crisis entendidas como un estado indefinido de caos anterior al acomodo de la “normalidad”, nos permite de entrada concebir que los flujos, procesos y/o estructuras ya sean económicas, sociales o culturales de una sociedad, no se encuentran estáticas. Ya que la sociedad, gracias al dinamismo y transformación de sus ciudadanos, se mantiene en constante movimiento, adaptación y evolución.
Desde ésta perspectiva, podemos comprender que los vínculos que las marcas establecen con los consumidores, tampoco son relaciones predeterminadas, inamovibles y continuas, por el contrario, son correspondencias que deben de ser alimentadas, fomentadas y sobretodo, refrendadas. Con la intensión no sólo de mantener a la marca en el top of mine del consumidor y con ello lograr su preferencia de adquisición, sino con la idea de entrar de lleno al “corazón” de los individuos, para que las marcas formen parte indispensable de su vida, con todo lo positivo que ello implica.
Si partimos del hecho que las personas antes de ser considerados consumidores por la relación que establecen con los productos y marcas, son personas que se ven afectadas e influenciadas por el acontecer cotidiano de su entorno, al ser sensibles a los fenómenos políticos, económicos, culturales, medioambientales y biológicos.
Luego entonces, en la actualidad podemos visualizar a un consumidor más dinámico y sensible de su medio, que mantiene una actitud mucho más cuestionadora que en el pasado, ya que cuenta con una mayor oferta de presentaciones, marcas, variedad en promociones, ofertas, marcas libres, piratería, diversidad de puntos de venta y con mayor acceso a la información, entre otros.
Estos aspectos sumados, como investigadores nos hacen enfrentarnos a un consumir mucho más informado, activo, crítico, que sin titubeos puede cuestionar tanto la calidad, funcionalidad, precio y efectividad de un producto y servicio, como la congruencia, honestidad, filosofía y responsabilidad social de las marcas que incorpora a su vida cotidiana.
Ahora bien, si sumamos a este consumidor más activo, informado y exigente, al entorno del México actual que se encuentra en plena reconfiguración y metamorfosis, gracias a las dos crisis que han significado un parte-aguas tanto en los estilos y formas de vida, como en la reflexión para la revisión de los valores sociales esenciales. Tenemos como resultante un nuevo panorama para las marcas, que lejos de ser obstáculos y frenos para el crecimiento, representan nuevos retos y oportunidades de desarrollo y reposicionamiento con este nuevo modelo de consumidor, producto de este parte-aguas histórico.
Para comprender más a fondo, como la suma de las crisis recientes significa un nuevo capítulo para los mexicanos, y cómo está transformación se traduce en oportunidades para las marcas, primero tenemos que desentrañar los significados de ambas “crisis”.
La crisis económica mundial que afectó a nuestro país en dos niveles, por un lado, el de “seguridad” familiar, ya que al modificar las estructuras y procesos económicos nacionales se atentó contra la base esencial que brinda estabilidad a las familias: su bolsillo y su trabajo. Por otro lado, el del estado de ánimo social del mexicano, ya que la incertidumbre de la economía toca las fibras emocionales de las personas, al generar desilusión y malestar, dos de los niveles mas bajos detectados por el estudio “Humor social del Mexicano”, encabezado por Luis Woldenberg y su equipo de investigadores. Frente a la perspectiva económica actual, el “humor social” se ve alterado de manera radical, ya que la población experimenta incertidumbre y malestar, que sumados, generan ansiedad ante el cambio del status quo al que estaban habituados.
Por su lado, la crisis sanitaria producto de la mutación del virus de la influenza, atacó sin previo aviso a la población mexicana, cambiando de un día para otro las dinámicas cotidianas de vida. El confinamiento familiar en casa, las medidas extremas de cuidado higiénico, la falta de contacto y miedo al “otro”, así como la parálisis en la vida de ciudad, entre otros, llevaron a la población a una situación sin precedente alguno, aspectos que crearon por momentos paranoia colectiva, miedo e incertidumbre.
Esta mezcla de sentimientos y emociones experimentados en tan poco tiempo por el pueblo mexicano, han originado una profunda frustración y coraje, sin embargo bajo la premisa de que la crisis es la ante sala del nuevo orden, producto de la adaptación, se espera que este trance temporal sea el antecédete de una nueva estructura social, con esquemas de comportamiento diferentes, con una nueva jerarquización de valores y prioridades, así como una nueva forma de ver y vivir el mundo. Este nuevo orden impactará en todos los campos de desenvolvimiento de las personas, desde su ámbitos privados; familiares, hasta los públicos que abarcan lo laboral, social y cultural.
En este nuevo ordenamiento de la visión del mundo, el papel que desempeñen las marcas es fundamental, ya que éstas no podrán tener los mismos comportamientos y relaciones con sus consumidores, por el simple hecho de que éstos se han transformado.
Las marcas por lo tanto deberán conocer el nuevo orden social gestado desde la misma sociedad. Las nuevas necesidades, prioridades, los recientes motivadores y drivers , ahora serán la clave para reestablecer el vínculo y link afectivo con sus consumidores. Las marcas poseen el liderazgo y legitimidad para encontrar las nuevas formas de relación con sus diferentes segmentos de compradores, el reto será que logren realmente sensibilizarse de este nuevo orden que se esta gestando con las transformaciones de fondo que esta experimentando la sociedad mexicana, solo de esta forma podrán mantener no solo la preferencia de compra, sino un lugar en el nuevo corazón del consumidor mexicano.
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