Resonancia para su empresa
Una "resonancia" adecuada en los equipos de su empresa es parte de la diferencia para el éxito.

Hacer vibrar una cuerda es una de las formas más antiguas de producir un tono musical.
Pero una cuerda que vibra, por sí sola, no "suena". Necesita una caja de resonancia —o caja armónica— que transmita esas vibraciones, que las amplifique. Eso significa "resonar". Reforzar o prolongar un sonido por vibración sincrónica. Cuanto más resonante el instrumento, más nítido, claro y sostenido el sonido, y menor el ruido.

Como las cuerdas, cuando dos o más personas sienten que están en la misma "longitud de onda" emocional, "resuenan", y la sensación positiva se sostiene, permanece. Cuanto más "resonantes" las personas, más fuerte la relación. Porque el "adhesivo" que une a la gente, y compromete entre sí y con la organización es la emoción. Y la forma en que los individuos "usan" sus emociones contribuye a crear la "realidad emocional colectiva", esa caja de resonancia que los hace sentir dentro o fuera del equipo.

Uno de los errores más comunes en las organizaciones es ignorar ese contenido emocional y las reglas que lo rigen. Por eso, las competencias "emocionales" de un líder marcan la diferencia entre una organización mediocre y una excelente. Tal vez, las cosas terminen haciéndose en ambos casos, pero sin esa dosis saludable de "corazón", el resultado nunca superará el promedio o estándar. Porque los auténticos líderes motivan, guían, escuchan, persuaden. Inspiran en los demás pasión y entusiasmo. Y, porque son "resonantes", generan una reserva de energía positiva que hace que la gente rinda al máximo. No se distinguen por su talento o su capacidad técnica. Sobresalen por su inteligencia emocional, ese tipo de inteligencia que representa entre el 85 y el 90 por ciento de lo que los separa del resto.

Alto en la torre

Aunque parezca que líder se "nace", a ser líder se aprende. Se aprende de otros líderes. Se aprende de la experiencia, la mejor manera de descubrir las propias debilidades y fortalezas. Un método de ninguna manera infalible: si la experiencia siempre se tradujera en aprendizaje, nadie cometería un error por segunda vez. Pero lo comete.

La inteligencia emocional no es innata. Es cierto que se puede tener cierta predisposición a demostrar alguna de estas capacidades pero, sin duda, las fortalezas del liderazgo resonante se adquieren. Ningún líder, no importa cuán sobresaliente, es fuerte en todas las competencias que integran las cuatro áreas o "dominios" fundamentales de la inteligencia emocional: conciencia de uno mismo, autocontrol, conciencia social y destreza social (ver nota "Neuroanatomía del liderazgo" en la página siguiente).

Los líderes altamente efectivos "disfrutan" de cierta masa crítica en alrededor de seis; los líderes simplemente efectivos demuestran fortaleza en al menos una de las competencias de cada dominio. Y aunque no existe una fórmula fija, hay líderes estupendos con estilos personales absolutamente diferentes.

Los líderes con conciencia de sí mismos son realistas. Ni demasiado autocríticos, ni ingenuamente optimistas. Saben hacia dónde se dirigen y por qué, sin perder "sensibilidad" a los pálpitos. Se reservan tiempo para reflexionar en calma, a menudo, solos, antes de tomar una decisión, en lugar de reaccionar impulsivamente. Es que la intuición, esa "sensación" que, a la hora de tomar decisiones, refleja lo que la vida enseña, es una capacidad casi natural en estos líderes. ¿Por qué? Porque aprendieron a aprovechar esa suerte de banco de memoria emocional. La ciencia ha demostrado que las emociones son parte de la racionalidad y no se oponen a ella. Se "integran" en ese proceso permanente de aprendizaje acumulativo, de ensayo y error, que es la vida. El cerebro constantemente registra las reglas de decisión aplicadas y si funcionaron o no.

Con esas lecciones, se prepara para un nuevo desafió, incertidumbre o momento de decisión. Y como esto ocurre en lo profundo de la mente y no se "verbaliza", ese conocimiento "acumulado" sólo se hace evidente a través de la intuición. Si los líderes no confían en ella, no percibirán ese mensaje "silencioso" pero potente que susurra "esto no me gusta", aunque los números del proyecto parezcan excelentes. Ser conscientes de ese mundo emocional interno es fundamental para controlarlo. Si uno no se conoce o no se tiene confianza, sucumbirá frente a sus emociones, positivas o negativas. Y eso no es bueno.

Porque, prisionero de sus sentimientos, el líder no tendrá la claridad mental y la energía concentrada que le exige el liderazgo. Así corno no puede controlarse a sí mismo, tampoco podrá controlar lo que ocurre a su alrededor. Y, como las emociones son contagiosas, sus emociones privadas tendrán consecuencias públicas.

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